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"Siempre busco un lugar para volver"

Luis Landriscina transforma la mirada nostálgica que despierta el aniversario del pueblo en un nuevo relato de usos y costumbres. Con el mismo tono de sus cuentos, aporta un visión crítica desde lo ordinario y el humor de lo que fueron estos cien años de Villa Ángela

"El último mazaso fue la desaparición del ferrocarril", dice don Luis y, a pesar de la tristeza del enunciado, su voz amistosa lo hace parecer como si fuera parte de una historia que debiera terminar en un final próximo a los remates de sus cuentos. Esa capacidad de hacer ver el relato hablado es la que lo hizo grande, apoyada en verdades que parecen absolutas por su simpleza.

Landriscina repasa la historia del pueblo como si fuera uno de sus cuentos. Esto es, con el mayor de los respestos desde su visión particular, en un cruce de relaciones casi inmortales. La industria incipiente de aquellos años fomentaba una "cultura de trabajo", explícita en los hacheros o los chachapés, sostiene el humorista en relación a los principales exponentes laborales de principios de siglo.Eso se fue perdiendo con la pérdida de la actividad forestal, con la aparición de maquinaria agrícola y el cambio de algunas formas y tipos de producción, que se remató con la desaparición del ferrocarril.

Recuerda don Luis que una radio local una vez lo invitó a participar de un programa en su estudio. Uno de los conductores le comenta que es habitual que pongan al aire algunos sus versos aunque le aclara que a los más chicos hay que explicarle algunos de sus historias. Ante su sorpresa, lo fulminan con una simple explicación: "los pibes no conocen mucho de lo que hay en sus cuentos. No hay más hacheros, no hay más cachapés, no está la fábrica de tanino y ni siquiera está el ferrocarril".

Ahí se dio cuenta, "como un masazo en el medio de la frente, que mi pueblo no era mi pueblo". Explica que "para los nostálgicos no son bueno estos cambios tan vertiginosos". Respira luego, y tras una pausa necesaria, reconoce que "para el progreso, es el dolor obligado".


COMO AYER

"Como muchachos hacíamos las cosas de muchachos, andar en bicicleta, jugar al voley, juntarnos en las esquinas, a charlar, a reírnos, a ver pasar las chicas alrededor de la plaza para decirle algún piropo -que jura- nunca atrevido". También recuerda los bailes de aquella época, donde estaban las familias y había que pedir permiso a los padres para bailar con sus hijas. Arrancbábamos, encima, con paso doble, que no era lo mejor que bailaban. Y había que cruzar toda la pista, que cuando ganabas de mano la más linda te dejaban solo en el medio de la pista.Rememora también aquellos días en los grupos de iglesia que solía frecuentar. Define así aquellos días: "nos alegramos y disfrutamos con poca cosa".

Faltaba todavía para que ese muchacho flaco y simpático sea el máximo referente nacional en el relato hablado de estos tiempos. Ese que marca una forma de narrar especial, con atención en detalles mínimos. "Vos pensabas cuando arreglabas cocinas en el chaco, que dos de los contemporáneos de este trío, iban a ser tus amigos", le preguntó su mujer Guadalupe Mancebo mientras miraban la final del programa que intentaba buscar el personaje más representativo del país, Gen Argentino. Es que Landriscina tuvo acceso a cosas que algunos villangelenses sólo ven por televisión. Entre esas cosdas, él destaca la fuerte amistad que tuvo con Juan Manuel Fangio y René Favaloro.
"Estos beneficios fueron resultado -ramarca- de un gran esfuerzo en lo que tuve que gambetearle al hambre y sin desanimarme cuando las cosas no andaban bien, y eso apoyado con conducta, lo que se lo debo a los gallegos que me criaron. Por eso digo que la educación es en la casa y la instrucción en la escuela".
De regreso con esa nostalgia inagotable. "Te demorás un año en volver y ya hay un barrio nuevo". Se excusa con una risa y aclara que no lo dice por compromiso político, sino como una forma fácil de dar cuenta de los cambios arquitectónicos, los más visibles en la estructura del pueblo. Eso para bien, insiste, pero no sucede lo mismo cuando ya no encuentra algún lugar conocido, que lo atribuye a una economía en ebullición.

"Siempre busco un lugarcito para volver, pero duele volver, porque la mitad de los testigos de mi adolescencia están en el cementerio o se fueron".

Se le nota a don Luis el cariño por lo que define como una ciudad - pueblo, lo primero por su desarrollo económico y lo segundo por la forma en que se reconoce la gente en sí misma. Se detiene allí. Busca reconocerse entre la gente. Entre su gente. No recuerda dónde lo escuchó. Arriesga algunos nombres pero se retracta hasta que finalmente lo dice: "la patria es la infancia". Y la suya, la que marcó su estilo de vida, es nada menos que Villa Ángela.

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